—Vi. Así Dios me salve.
—¿En dónde está?
—¡Ay!... Dónde está no sé. Pero ayer, por lo menos, que fuí yo a la ciudad, en la ciudad estaba.
El mozo suplicó:
—¡Carmeliña... te he de regalar...!—no encontró qué regalar en el momento—. ¡Te he de regalar lo que quieras si me cuentas todo!...
La jornalera fruncía sus labios, llenos de arruguitas, satisfecha del apuro del joven.
—Pues todo... ya está. ¿Qué más quería?...
—¡Anda, Carmela!...
Y tras largo regateo de detalles, Carmela contó:
—Vive en la plaza...—no se acordaba del nombre—. ¿Sabe dónde está el Instituto?... Pues allí, en el 9. Hay una posada, y tienen cuadra también, que es donde yo dejo la caballería cuando voy al pueblo... Aún no encontró casa donde servir.