En una de sus meditaciones le asaltó una sospecha. Acaso la novia, falta de ocupación, sin dinero, hubiese marchado a la casa de sus padres. Esto le obsesionó tan penosamente como lo anterior. Trataba de imaginarse a Dumbría como un inmenso pinar; sin saber por qué, asociaba a la imagen el puertecillo de Puenteceso y los pesados pataches en cuya cubierta ladraba un perro, y los carros rechinantes, cargados de troncos de pino... Volvoreta estaba en el pinar, o en los pataches, o en el carro... y cerca de ella, siempre cerca de ella, en el carro y en la barca y en el pinar, el aldeano aquel... el desconocido rival vehemente y furioso como un sátiro...

Pero Sergio se inclinaba más a creer que Volvoreta no se había alejado de la Gándara, y aun hacía solapadas indagaciones para descubrirla. Un día, al fin, lo consiguió. Carmela, la aldeana cuarentona que trabajaba a jornal en la finca, mientras desparramaba la simiente en los surcos, le dijo, socarrona:

—¿Sabe a quién vi ayer, señorito Sergio?

Aguardó un momento antes de añadir:

—A su rapaza.

Él sintió un vuelco en el corazón. Tardó también en preguntar:

—¿A qué rapaza, Carmela?...

—¡Boh!—la aldeana sonreía maliciosamente—. ¡Boh!... ¿A quién ha de ser, señor?...

Sergio la miró, vacilante. Decidióse y se acercó a ella, bajando la voz:

—¿Viste a Volvoreta?