—¡Es que usted es un ácrata!
Y la discusión derivó ya por esta senda tantas veces recorrida por ambos. Rosales no creyó correcto intervenir. Él era, al fin, huésped del cura. Sonreía y vaciaba la copa. Cuando los adversarios contendían acerca de Marx, se oyó un resollar profundo. El ilustre director de El Avance había llevado su neutralidad hasta el discreto punto de quedarse dormido.
XI
Los senderos del bosque conocían la tristeza del enamorado. Con la lejanía de la amada su cariño se sublimó en sentimentalidad y hasta los menores detalles del pasado feliz se poetizaban. Había llegado a exaltar en términos novelescos aquella separación violenta, aquel extrañamiento de la dulce moza rubia y sumisa, cuyas actitudes de candor eran, precisamente, las que con más ahinco perseveraban en su memoria.
Y en esta hiperestesia espiritual, las sensaciones se hacían en él agudas, y muchos viejos espectáculos se le ofrecían como llenos de un vigor nuevo y como preñados de revelaciones. Era como si hasta aquel momento la vida, las gentes, las cosas mismas, hubiesen tenido guardados, hoscamente, secretos que ahora le revelaban con prodigalidad, con la misma con que en primavera nacen en todos los rincones y en todos los lugares del campo las cándidas flores de manzanilla. Los paisajes acentuaron su expresión ante él. Todas las tardes, al volver de Santa María, Sergio se internaba en el bosque; y aquel rumor solemne y continuo que iba y venía entre los árboles, y aquel estremecerse de las ramas desnudas, le invadían de emoción. Todo tenía un significado de ternura a sus ojos. A veces cesaba bruscamente el soplo del viento y el bosque entero quedaba inmóvil y silencioso, como si le sobrecogiese una aparición: las verdes agujas de los pinos ni aun se estremecían... Sergio pensaba entonces que su alma crecía en el silencio hondo y extraño y que su pensamiento se extraviaba en él, como si el Infinito le rozase. Era un vértigo momentáneo. Después volvía el rumor, desde lejos, desde la linde del bosque, y los árboles más próximos respondían y los inmediatos, y otra vez los remotos, y alguna piña verde caía con sordo golpe sobre el musgo, o cruzaba, piando, un ave invernal de obscuro plumaje. Casi en el centro de la arboleda había un pequeño claro. El musgo era allí suave y mullido, en grandes manchas, como cojines de terciopelo. Dos castaños muertos en la primavera pasada estaban aún en pie; pero sus ramas eran de negro color, carcomidas y rotas. La corteza de los abedules jóvenes brillaba con un tono de plata; el tojo crecido tapaba los huecos entre árbol y árbol; las ráfagas de viento marino no llegaban allí; era un relicario, donde el invierno vivía, el invierno gallego, verde, húmedo, melancólico, sentimental; pinos rumorosos, blanco plumón de espuma sobre las aguas de la ría, unos giros más revoltosos en el humo azul que sale entre las tejas, un abad bonachón que vigila el paso de su rocín peludo por el lodo de las corredoiras, risas de mozas en las «fiadas» o junto a las amplias chimeneas donde duerme el can y donde el pote ventrudo, que cuelga sobre la hoguera, tiene también cierto aspecto abacial y bondadoso.
Y pensaba el joven en cien cosas pueriles en esos largos instantes en que permanecía allí, recogido sobre el corazón de la Naturaleza; en esas cien nimiedades que salen de lo íntimo de un amor, suaves, cautelosas, meditativas, como lagartos al sol; pensaba en el frío de las cosas bajo el invierno: en el frío de un castaño lleno de humedad; en el aterimiento de todo el pinar, cuando, por las noches, bajo las estrellas inmóviles, pasaban las ráfagas del Noroeste, impetuosas y duras, llenas de olor de mar... Cuando desde su casa veía parpadear entre las tinieblas la luz de otra morada, distante, le parecía que era una luz perdida en los caminitos de la Gándara, que temblaba de frío... Tenía ahora esa irresistible propensión a personalizar los objetos, y sentía a veces en el misterioso mutismo de los árboles súbitos temores a lo sobrenatural. En más de una ocasión marchó, apresurado, por ocurrírsele de pronto que en el claro iba a aparecer con pisadas quedas y la boca entreabierta, como en una sonrisa taimada, el lobo astuto y hambrón de los cuentos gallegos, que habla con las gentes y finge la voz de los familiares cuando va a llamar a la puerta de las chozas, porque sabe que han quedado solas las mujeres.
Su más grande pena era no saber el paradero de Federica. ¿Se había marchado, en efecto, a la ciudad?... Soñaba frecuentemente que ella habría buscado acomodo en alguna casa de las cercanías, y que en cualquier impensado momento la había de hallar, quizá—se enternecía pensándolo—en la vivienda de unos labradores. Dormiría en la cama de castaño, de forma de arca, y comería el pan de maíz, y acarrearía brazadas de hierba húmeda, y se encorvaría sobre la tierra, y los instrumentos de labranza endurecerían la piel de sus manos... Todo esto por cariño hacia él, para vivir bajo el mismo trozo de cielo. Cuando la hallase así, las madreñas hundidas en el fangal de una encharcada corredoira, la apretaría contra su pecho; el olor aldeano habría triunfado del suave olor a romero que envolvía su piel; pero Sergio sabría encontrarlo escondido bajo el pañolón atado a la espalda, cerca de la carne joven.
O quizá... ¡Si Federica hubiese ido a la casa de la Cruz del Souto!...
Sergio se estremecía de iracundia y de celos. El cadete había marchado ya; pero tan sólo el recuerdo de aquella tarde en la carretera... Y la imaginación del joven se hacía trágica y se veía machacando con sus gruesas botas claveteadas el cráneo del pequeño Souto, con la teresiana puesta, sobre la misma gradería de piedra de la cruz.