Rosales y don Miguel habían celebrado la narración con carcajadas. La botella de Rivero de Avia estaba vacía. Mandaron servir otra, y el sacerdote reprendió jovialmente a Rodeiro:
—¡Cómo inventa, Dios mío!
Él aseguró que todo lo narrado era verdad.
—Tan convencido estoy de que en el monte no se puede cazar nada, que si alguna vez me acomete esa pasión seguiré un procedimiento distinto: haré que mi criada ate por una pata en mi huerto, aquí y acullá, conejos y gallinas. Luego saldré yo con mi escopeta... Esa es la caza ideal; créame.
Don Miguel lloraba de risa, porque se imaginaba los esfuerzos de un conejo para escapar, con la pata sujeta a una col, y el alborotado cacareo de las gallinas, y a su feligrés avanzando cautelosamente y haciendo fuego con tanto orgulloso contentamiento como si los cazase en pleno campo. Cuando pudo hablar, arguyó:
—¡Pero, hombre, no gustarle la caza!... Aunque no sea más que por admirar el trabajo de los perros... Mire usted que un buen perro, parándose...
Iba a perderse en una descripción; pero le interrumpió a gritos Rodeiro:
—¡Alto!... No siga usted. ¿Cómo voy yo a admirar a los canes?... ¿Entonces, usted no conoce mis ideas?... Todo lo que se dice acerca del perro es literatura, nada más que literatura. Eso de que es «el amigo del hombre»... «el fiel compañero»... ¡literatura! El perro es un animal de tendencias retrógradas; el perro llega a tener el concepto de la propiedad; defiende a ladridos y a dentelladas la hacienda del amo; es individualista; un instinto especial le hace abominar de los pobres; hasta los canes de los ciegos, que debían conocer la humildad, enseñan los dientes a los transeuntes. Además, tienen antipatías voluntariosas. Yo no puedo pasar delante de la taberna de «Miñoca» sin que su perro se lance contra mí. Una vez me mordió. Sin embargo, yo nunca le hice mal. Le digo a usted, señor cura, que cuando los hombres tengan sentido común, en vez de llamar amigo suyo al perro lo constituirán en símbolo de la burguesía.
—¡Calle usted, calle usted!
—¡Naturalmente!—vociferó Rodeiro—. Si el clero no defiende a los burgueses y a los esbirros de los burgueses, ¿quién los va a defender?...