Y corrieron hacia él, embriagados de alegría.
Muerta estaba, en verdad, la pieza. Pero su muerte era remota. Un sutil lazo de alambre unido a una estaquita le rodeaba el cuello. En la parte que descansaba en la tierra, su cuerpo se había hecho plano; corrían las hormigas por él; un ojo había desaparecido por completo. Podía hacer un día o dos que el animal había exhalado el último suspiro.
—¡Qué lástima!—gruñó don Ismael.
Y añadió, vacilante:
—Si a usted le parece... nos lo llevaremos... para no ir así, de vacío...
Cuando bajaron a Aranjuez ya era de noche. Brillaban los farolillos de la estación—rojos, verdes, blancos—como una verbena. Una muchedumbre de pescadores y de devotos de la cetrería—todo el gentío que por la mañana había salido de Madrid para asolar los montes y despoblar el Tajo—asaltó el convoy. Don Ismael, ya en el coche, colocó el conejo bien a la vista; un pescador colgó, próxima a él, la red con el botín ganado. En la red había hasta una docena de sardinas. Aquel vecino genial, desconocedor de la ictiología, trataba de encubrir su fracaso y había adquirido en Aranjuez los primeros pescados que le ofrecieron. ¡Gentes felices con sus inocentes patrañas!...
Pero he aquí que, ya en marcha el tren, comienza a difundirse por el vagón un olor sospechoso; se acentúa, se hace más y más intolerable... Rodeiro y su amigo comprenden y palidecen al mirarse. ¡Maldito conejo!... ¿Cómo es posible que sus compañeros de excursión creyesen la bella historia inventada por don Ismael acerca de la muerte de un animal que exhalaba un hedor tan repugnante?...
El pescador había olfateado varias veces. Luego dirigió una mirada de recelo hacia la carroña putrefacta que se escondía bajo la piel del conejo. Si se descubría todo... ¡Era el deshonor!... Pero don Ismael, tembloroso de miedo ante el ridículo, tuvo una idea. Se levantó, cogió el cadáver como para guardarlo en el morral, se acercó después a la ventanilla fingiendo mirar el paisaje, y arrojó disimuladamente el pequeño cuerpo corrompido.
Respiraron.
—Los conejos y las liebres—concluyó Rodeiro—que se sientan por las noches a ambas orillas de la vía para ver regresar el tren de los cazadores, han debido reirse entonces largamente.