Y el perro olfateaba y comenzaba su tarea investigadora. Don Ismael marchaba detrás con una escopeta de aire comprimido. Así se adiestraba él y adiestraba al perro.
—Nada conseguí—concluyó, mirando a la tierra, donde incontables esferitas daban fe de la existencia de los conejos y de las liebres—. Sin embargo, no se puede negar que hay caza. Ahí tiene usted al rey. El rey mata centenares de piezas en un solo día.
—¡Bah!—respondió Rodeiro, para consolar a su jefe—. ¡Así caza cualquiera!... Todas las piezas que le sueltan al rey llevan un collar de cascabeles.
—¿Usted cree?...
—Estoy bien seguro.
Y reanudaron su marcha en silencio. Don Ismael meditaba. En su cinturón los casquillos de los cartuchos brillaban como las tachuelas de una cincha... De pronto agarró a Rodeiro por un brazo. Jadeaba de emoción, inmóvil, con los ojos muy abiertos fijos en un punto del monte. Indicó en voz baja:
—¡Allí!...
Rodeiro sintió tambalearse su incredulidad. Junto a una mata de tomillo, a unos treinta pasos, se veía el cuerpo de un conejo, con las grandes orejas erectas. Lo contemplaron un minuto con estupefacción, como si fuese el primero que viesen en toda su vida. Después lo encañonaron. ¡Pum! ¡Pum! ¡Zas! ¡Plim!... Cuatro tiros. Enloquecían. Si en lugar de dos cartuchos tuviesen veinte en cada escopeta, hubiesen continuado hasta acabar. Cuando miraron, el conejo estaba en el mismo lugar en que lo habían divisado al principio. Vociferaron entonces como energúmenos:
—¡Hurra!
—¡Cayó! ¡Cayó!