—Este verano—aseguró—cacé en mi tierra cincuenta liebres en un solo día.
—¡Oh, cincuenta liebres!—el asombro de don Ismael era sincero—. ¿Quizás con galgos?
Rodeiro replicó prontamente, sin dar importancia a su declaración:
—No; fué con reclamo.
Don Ismael tuvo un éxtasis de sorpresa.
—Es singular—murmuró como hablando consigo mismo—. Jamás he oído contar cosa semejante.
Y sintiéndose evidentemente inferior, confesó, tras pequeñas vacilaciones, como si se hubiese detenido a considerar si Rodeiro era hombre capaz de guardar una confidencia:
—Yo soy muy desgraciado. No acierto jamás. ¡Nunca he cazado nada, amigo mío!...
Y sin embargo, había ensayado, había consagrado un mes entero a ejercicios preparatorios. Compró entonces un conejo. Lo soltaba en el pasillo de la casa, y el pobre animal huía, azorado, a refugiarse donde se creía más seguro. Entonces don Ismael salía con el perro por el otro extremo del pasillo:
—¡Búscalo!...