Y contó largamente. Medio Madrid salía al campo los domingos. Las estaciones se llenaban de gentes que aún llevaban los ojos hinchados por el sueño y se dejaban arrastrar por canes corpulentos atados a una cadena, y sudaban bajo su chaquetón de pana, y su morral, y su cinto de cartuchería, y su terrible escopeta, y sus polainas, y su sombrero, en el que triunfaban las plumas de una perdiz o el rabo de una liebre sacrificados en un festín familiar. Los trenes mañaneros iban invadidos por este ejército de utopistas. En cuanto arrancaba la locomotora, los feroces perseguidores de alimañas abrían sus morrales y extraían el grasiento envoltorio, en cuyo interior hay siempre una tortilla de patatas o el yerto alón de un pollo. Y comían terriblemente, con un gesto que haría estremecer a las más animosas perdices.

Rodeiro iba también, cuidadoso de no revelar su escepticismo. Suponía de buena fe que si sus compañeros llegaban a descubrir que no era cazador ni creía en las patrañas cinegéticas, le fusilarían en un rincón del monte, como a un espía que pudiese venderlos. Callaba y andaba; sobre todo, andaba: kilómetros, leguas, miriámetros, y a veces, por el buen parecer, disparaba la escopeta, procurando hacer—decía—mucho ruido.

Su consciente complicidad le causaba divertimiento. En ocasiones se dividían los cuatro compañeros habituales, e iban dos por aquí y dos por allá, con el arma preparada, ojo avizor, escrutando en las matas de tomillo.

—En las matas—explicó él—, que apuntan en aquellos horribles montes castellanos como mechoncitos de pelo en un cráneo tiñoso.

Don Ismael y Rodeiro iban juntos frecuentemente. Don Ismael tenía un perro elefantíaco y estaba equipado espléndidamente para cazar; no le faltaba una tilde: desde las polainas al sencillo alicate para sacar el cartucho cuando el extractor está reacio. Don Ismael, sin embargo, nunca mataba pieza alguna. Un día, fatigados ya, sentáronse a la sombra de un olivar. Era en Aranjuez. En el valle se veía la fronda de los famosos jardines. Sobre la cinta acerada del Tajo se alzaba una neblina que seguía el curso del río: semejaba una rúbrica de humo en el aire. Descansaban los dos cazadores al lado de sus escopetas. Don Ismael miraba al cielo con melancolía.

—¡Poca suerte!—gruñó.

—¡Sí; poca suerte!—apoyó Rodeiro.

Don Ismael preguntó de pronto:

—¿Ha cazado usted mucho en su vida?

Rodeiro dió un silbido para hacer entender que el número de sus víctimas no podía contarse con palabras. Pero comprendió al mismo tiempo que un buen cazador debía saber referir alguna hazaña insuperable.