Aquella tarde Sergio no dió su lección. Enfrascáronse deliciosamente don Miguel y su huésped en una charla acerca de su afición común, y al llegar la hora de la merienda—la partida había de ser al día siguiente, después que don Miguel dijese su misa, casi con el alba—sentáronse todos frente a un lomo de cerdo fiambre y a una panzuda botella de vino del Avia, el mejor de todos los vinos del mundo, en la opinión bien fundamentada de Rodeiro.

Las anécdotas inevitables surgían entre trago y bocado. Don Miguel suplicó:

—Venga mañana con nosotros, Rodeiro. Yo le presto escopeta.

Vade retro. No están los caminos para andanzas.

Abrió un paréntesis para elogiar el vino y afirmó después, siguiendo el tema:

—Yo no creo en eso: bien lo saben. Yo continúo afirmando que es imposible cazar. Existe la escopeta, el perro, el monte, el cazador, la perdiz... todos los elementos. Pero lo que no ha ocurrido nunca es que ese cazador, auxiliado por su perro y haciendo uso de la escopeta, mate a la perdiz, o al conejo, o a la liebre.

Los otros soltaron la risa.

—¡Este Rodeiro!...—exclamó el radical.

—Pero si en su vida ha encañonado a un triste gorrión... ¿cómo se atreve a hablar, hombre?... ¡Venga con nosotros: venga a ver y a creer, caramba!...

—¡Oh!—ponderó el menospreciado—; ¡oh!... ¿quién le contó que yo no he ido de caza?... Mientras viví en Madrid, en aquel insoportable Madrid, todos los domingos... Iba con el jefe de mi negociado, don Ismael Zanón. Iba, claro está, a oxigenarme... Cazar, nunca he cazado nada.