—Desde hoy irás todas las tardes a dar tus lecciones a don Miguel.

Nada más. Sergio bajó los ojos hacia el tazón. Al concluir tomó su libro y fué a estudiar al huerto. Rafaela fingió no verle pasar. Aquel día hizo una observación el enamorado. Volvoreta no sirvió la comida ni la cena, ni estuvo en el huerto ni en el jardín, ni se oyó en la casa su voz cantarina. Y tampoco al día siguiente, ni al otro...

Sergio supo, al fin, que en la mañana de eterna memoria Federica había recibido su salario, había recogido sus ropas y se había marchado a la ciudad. Supo también—Rafaela lo contaba en la cocina—que «ni aun se había puesto encarnada».


X

Todas las tardes, después de comer, Sergio seguía el camino de Santa María de la Gándara, y, ya en la casa rectoral, recitaba sus lecciones, mal aprendidas casi siempre, ante don Miguel, inmovilizado en una actitud seria e importante.

Sergio no recibía grandes luces de aquella enseñanza, porque las asignaturas que había de estudiar eran totalmente desconocidas para el párroco; en realidad, éste se limitaba a mirarle severamente cuando, en la enumeración del itinerario que había de seguir una carta certificada, olvidábase el estudiante de citar algún pueblo. Transigía difícilmente con que Sergio alterase, en su explicación, las frases empleadas por el autor de la obra. Terminada la clase, escribía en un cuadernito su parecer acerca de la aplicación del alumno, le sermoneaba a propósito de su conducta y de su misión en la tierra, y, a veces, le hacía merendar una taza de leche en la que desmigaba dorado pan de maíz.

Algunas tardes, Rodeiro, cuya hacienda no estaba lejos de la rectoral, aparecía en ella y disparaba contra don Miguel sus apotegmas revolucionarios o menospreciaba las condiciones de cazador de que el párroco hacía gala insistente. Le amenazaba de continuo con la presencia de Rosales, el director de El Avance, que, según él, había de instruirle en lo que era tirar a liebres y avesfrías. Don Miguel sonreía un poco picado en su amor propio:

—Bueno, hombre; pues que venga... Ya se verá. A aprender estamos.

Y Rosales apareció con Rodeiro en la tarde de un sábado. Rosales era un hombre de pequeña estatura, seco de carnes, de color cetrino, con ásperos bigotes recortados y largos dientes de tono marrón. Un vello abundante y negrísimo envolvía sus muñecas, y no se detenía más que ante la imposibilidad de crecer también en las uñas. Ante todo—él lo confesaba—era cazador; después, radical. Tenía algún dinero, que le permitía vivir con cierto desahogo, y gozaba en la ciudad reputación de periodista formidable, nunca vencido en polémicas, en las famosas polémicas con que él, muy de cuando en cuando, porque no gustaba de prodigarse, desvanecía de satisfacción a sus correligionarios.