Cuando sonaron pasos próximos a su estancia fingió dormir. Entró doña Rosa. Casi desde el umbral, gritó:
—¡Sergio!
Simuló no oir.
—¡Sergio!
Se desperezó y abrió un ojo.
—Es tarde ya.
Gruñó, como de costumbre:
—Voy... ahora...
Y volvió a cerrarse la puerta.
Lo de siempre, todo había pasado como siempre. Rafaela, pues, no había hablado. Se levantó, se zambulló en el agua y fué al comedor. La inquietud latía, sin embargo, en su pecho. En la mesa humeaba su gran taza de café; pero en los sitios donde solían desayunar la madre y la hermana tan sólo quedaban algunas migas de pan y unas manchitas de café sobre el tapete de hule. Miró el reloj y eran las diez. ¡Las diez!... ¿Por qué le habían dejado en cama hasta las diez?... Su madre, de pronto, se detuvo ante él, al otro lado de la mesa, y le dijo, severamente: