Y con un soplo refirió Federica:
—La he oído quejarse hace un momento.
Esperaron aún. Volvoreta volvió a atraerlo para conjeturar, tranquilizadora:
—Quizás fuese en sueños.
Y como nada extraño ocurriese, ni turbase la calma de la casona ningún rumor, fué renaciendo la confianza en sus ánimos. La costumbre les había dado cierta seguridad en sus entrevistas, y a veces hasta saboreaban el peligro de una risa que pudiera ser escuchada o de un crujir del piso o del lecho que pudiera ser delator. El joven gustaba de permanecer inmóvil oyendo el ruido de las ráfagas que pasaban tan cerca, sobre sus cabezas, experimentando esa sensación de desleimiento que sufrimos cuando ponemos toda nuestra atención en el magno silencio de las noches. En esos instantes era feliz y se estremecía al pensar en salir de aquel abrigo y aquella inmovilidad para descender a su alcoba, por los fríos corredores de la casa. En estos momentos suyos de quietud satisfecha, Volvoreta solía dormirse, y a él se le antojaba tener una misión amparadora cerca de ella, y soportaba la molestia del brazo extendido bajo la cabeza femenina, para no turbar aquel sueño suave, seguro, venturoso.
De pronto, una mariposa de luz, un luminoso hilito, corrió por la pared del cuarto. Se lo advirtieron mutuamente, con un sobresalto que hizo separar sus cuerpos. Miraron. Bajo la puerta brillaba una línea amarillenta. Sergio se arrojó del lecho, temeroso. No habían sentido las pisadas; pero él pensó que acaso Rafaela... En un instante, las ideas se entrecruzaron y confundieron en su cerebro, como las alambres de un soporte caído. La raya de luz estaba inmóvil; el silencio era obstinado... Sospechó que la vieja criada, a quien Federica había oído quejar, se habría levantado para ir a la cocina a prepararse cualquier tisana... Eso debía de ser, porque la luz no se movía. Advertíase aquella raya amarilla, y también el ojo de la cerradura, encendido, y, en un lugar del estrecho tabique, donde faltaba un nudo, se transparentaba un pequeño disco de madera, con color sonrosado, como de carne...
Pero he aquí que se sintió un ligero rumor en el picaporte. Y lentamente, la puerta se abrió. Sergio estaba como petrificado, en pie junto a la cama. La puerta se abrió, y entró la mano de Rafaela, sosteniendo la palmatoria de cobre; y después el propio rostro de la mujer... Todo muy despacio, muy en silencio...
—¡Jesús!...
Y volvió a cerrar la puerta. Sergio seguía viendo, en la obscuridad, la cara de la vieja servidora, iluminada de abajo arriba por la luz, y sus ojos asustados fijos en él. La exclamación de sorpresa y de escándalo duró también mucho tiempo en sus oídos... Desapareció la luz; se oyó crujir el catre de Rafaela... Sin hablar, sin volverse hacia Federica, sin pensar casi, Sergio salió. Se fué en puntillas; no sentía el frío ni le importó pisar aquel escalón que chirriaba siempre y que él evitaba tocar... Entró en su alcoba, se arrojó en cama, y se tapó la cabeza, consternado.
Cuando despertó supuso que era temprano todavía; no había entrado aún su madre a llamarle, según costumbre; la casa estaba en silencio. Filtrábase una débil claridad por los resquicios de las contraventanas. Decidió esperar a que le avisasen, como habitualmente; y lo ocurrido la noche anterior volvió a su memoria con una intensidad que le hacía sufrir. Rafaela lo había descubierto todo. ¿Qué ocurriría?... Temblaba al escándalo como a una catástrofe. ¿Cuál sería la cólera y el desprecio hacia él de su madre, tan rígida, tan severa, sorprendida por el relato de un hecho indigno?... Tan monstruoso le pareció entonces a Sergio su proceder, que no creyó que Rafaela se decidiese a denunciarlo. Se prometió tener con ella una entrevista en la que había de procurar engañarla acerca del verdadero motivo de su presencia en el cuarto de Federica. Engañarla...—se paró a pensar—; pero, ¿cómo?... Resolvió confiarse a ella absolutamente, referir la verdad, atenuándola en lo posible, y suplicar el silencio, con la promesa de no reincidir nunca... Y no reincidiría. Ahora hacía un voto solemne de sustraerse a la tentación. Dedicóse a imaginar lo que había de decir a Rafaela. Oía mentalmente sus admoniciones y se dictaba las respuestas que creía indicadas.