A Santiaguiño se le escapa una risita socarrona, y mira de soslayo las rodillas de sus compañeros, que están a la altura de su pequeña nariz, enrojecida por el frío. Santiaguiño no cree en los Reyes. En las morenas casitas aldeanas los pequeñuelos no esperan la visita de los Magos dadivosos. Los pequeñuelos han reunido el ganado al anochecer; sonaron sus vocecitas agudas, espoleadoras de las reses tardas, de los bueyes solemnes, de paso perezoso, que van arrojando dos conos de humo por sus narices contra el húmedo suelo, de los locos rebaños asustadizos, del caballejo que huyó relinchando, moviendo entre los tojos las trabadas piernas peludas... Después, ya en casa, el niño se durmió sin esa inquietud, sin esa ansia, sin esa noción de cercanía de lo sobrenatural que en esa edad y en esa fecha a todos nos ha rozado. No hay fantasía en las almas de los pequeños campesinos. La severa madre Tierra, buena y grave, sincera, educadora, no deja crecer las alas de ese pájaro de colorines que no sabe más que cantar. ¡Cómo va a pensar en los Reyes Santiaguiño!... Santiaguiño oirá, desde su cama dura, cómo pasan cantando los del Carballo, o los del Pinar, o los de la Cruz del Souto, y pensará que cuando él sea tan crecido como el señor Mingos, o el señor Chinto, o el señor Antón, podrá aspirar a que su amo no se niegue a pagarle los jornales.

Y pasará el canto, conmoverá una ráfaga las ventanas, se agitará una vaca en el establo, y los Reyes habrán transcurrido ya para el rapazuelo.

Ahora, bebido el último sorbo, enjugada la boca con el revés de la mano, se van los cantores. Vuelven a sonar sus fuertes pisadas.

—Vaya, ¡a la obediencia de ustedes!...

Y se pierden en el silencio y en las tinieblas.

Dos horas después, cuando Sergio creyó dormidos a todos los moradores de la casa, emprendió su caminata misteriosa. Federica estaba despierta. Al entrar en el cuarto, Sergio derribó el aguamanil, torpemente situado cerca de la puerta. Entonces una mano de la joven lo buscó entre las sombras y le apresó fuertemente con cierta angustia. Juntas las cabezas, Federica susurró a su oído:

—¡Por Dios! Rafaela no duerme...

Y quedaron inmóviles mucho tiempo. Se oyó rebullir—al través del tabique—en el jergón de la vieja criada. Después volvió a caer la quietud, más pesada y más honda, esa quietud en la que las arterias baten ruidosamente.

Sergio indagó:

—¿Está despierta?