Los del Carballo se rieron.
—Es Santiaguiño.
Le empujaron. Santiaguiño entró, algo ruboroso, alzando la boina sobre la frente, pero sin quitársela por completo. Traía su chaqueta de pana negra y la vara de fresno, más alta que él, bajo el brazo. Toda su carita redonda sonreía con la malicia aldeana.
—A las buenas noches—saludó.
—Empeñóse en venir con nosotros...—explicaron sus acompañantes.
—¿Y tu amo te deja, Santiaguiño?—preguntó Sergio, divertido con el aspecto del rapaz.
—Ya no tiene amo, señor—respondieron—. Marchóse de su casa porque no le pagaba el jornal.
Rieron todos. ¡Oh, Santiaguiño incomodado, requiriendo su hatillo de ropa y su vara de fresno, plantándose ante el labrador formidable que contrató sus servicios, y solicitando su dinero en una disyuntiva de reclamación judicial!...
—¿Qué pediste a los Reyes, Santiaguiño?
—¡Je!...