—No; vete a acostar.
Se oyó en toda la casa el chirrido del pasador de hierro que Chinto corría en la recia puerta. Federica deseó, humildemente:
—¡Descansar!...
Aún le avisó Rafaela, sacando del barreño un brazo humeante:
—Si tienes miedo por la noche, llamas a la pared. Yo duermo al lado.
La moza sonrió:
—Nunca tengo miedo.
Y subió a su alcoba y se acostó. Vió lucir una estrella sobre su cabeza al través del amplio tragaluz; después vió cómo una nube la tapaba; luego sintió el rumor de los árboles, y oyó correr, empujada por el viento, una arenita por el cinc del tejado. En el crujiente jergón de hojas su cuerpo hizo pronto un hueco profundo. Y todas esas pequeñas cosas: la estrellita lejana, y la arena, y el remoto rumor, y la sensación de estar hundida blandamente, la llenaron de dulce pereza y estiró su cuerpo entre el alboroto de las hojas, y sonrió, pensando:
—En invierno se debe de dormir muy bien aquí.