Y rezaba, y a la hora siguiente volvía a ocurrírsele el mismo temor, y aquella salve la rezaba ya siempre que el timbre del reloj abría una nueva hora. Era, en verdad, una esclavitud que se le hacía muchas veces acongojante. En ocasiones había intentado resistirse a esa tiranía; pero quedaba tan sobresaltada y medrosa, tan desasosegada por la certeza de que había de ocurrirle algún mal, que prefería obedecer el impulso histérico.
Terminada la cena de los amos, Federica ocupó su puesto en la gran mesa de blanco pino, cerca del hogar, en la amplísima cocina de la casa. Rafaela le señaló un lugar, bajo la lámpara de petróleo colgada en la pared. Rafaela era el ama en aquel recinto. Colorada por el fuego, iba y venía distribuyendo el caldo sabroso y el pan dorado de maíz. Sólo Chinto no comía en la mesa. Falto de costumbre, apenas rebosaban en su cuenco las verdes coles tronzadas en menudos pedazos y humeaba entre ellas el caldo en que las costillas de cerdo habían dejado pequeños discos de grasa, Chinto, el mozo de labor, alargaba para cogerlo sus anchas manos recias, deformadas por el rudo trabajo, negras por la tierra, con cicatrices de cortes de hoz, grandes, de dura piel callosa; y apartaba su taburete de la mesa y se encorvaba sobre la taza, izando el contenido hasta la boca con su fuerte cuchara de boj. Cuchara de boj: Chinto no concebía que se pudiese comer el caldo con una cuchara de metal. Ningún sibarita puso jamás en el saboreo de manjar alguno la delectación con que el labriego engullía el clásico alimento, hasta limpiar con sus labios endurecidos la harina de la deshecha patata, que se adhería al boj; en los días señalados, cuando bajaba el vino a la cocina, Chinto vertía una parte de su ración en el cuenco de barro esmaltado para limpiarlo con él, y lo bebía tras de agitar la taza lentamente.
—¡Por eso!—alababa—... no hay casa de rico en la Gándara donde se tome el caldo como en la casa de Abelenda. ¡Así Dios me salve!
Federica comió calladamente, oyendo la charla de los jornaleros, que despertaba en ella el recuerdo de las charlas en torno al hogar, en su casita de Dumbría, entre los pinares abundantes que llenaban montes y montes. Desde la pared la lámpara daba luminosidad de halo a sus rubios cabellos. Después, poco a poco, dejó de escuchar porque su alma marchó tras el recuerdo. Doña Rosa apareció bruscamente en lo sumo de la breve escalera que daba acceso a la cocina. Se destacaba sobre el negro vano.
—Chinto, puedes cerrar. Buenas noches a todos.
—Buenas noches nos dé Dios—contestó el coro de voces.
Y los zuecos claveteados de Chinto resonaron, arrastrándose por el cemento. Los jornaleros marcháronse tras él. Rafaela fregoteaba, envuelta en un mandil de arpillera. Menguaba la llama en el quinqué. La vieja servidora advirtió a Federica:
—Puedes irte a acostar.
Y la moza se puso en pie:
—¿Quiere que le ayude?