Y era un poco cómico ver cómo ella misma ayudaba a sujetar al puerco sobre el banco de la matanza y le dirigía tiernas expresiones mientras el animal lanzaba sus berridos agónicos.
Al servir la cena, Federica curioseó con disimulo el grupo familiar. Isabel, la primogénita, delgada y alta, con el rostro alargado, lo mismo que su madre, y la misma contracción de voluntad en su boca; pálida, a pesar de la vida campestre; perdidas las redondeces de las formas en el frío de sus treinta años de soltera, cumplidos ya. Sergio—al otro lado de doña Rosa, en la mesa de albo mantel—, menudo, enmarañado el pelo, naciente apenas el bozo sobre su boca un poco sensual. Cuando los dos hermanos la miraron, Federica bajó los ojos, recogió la fuente vacía y se marchó.
—¿Es la nueva criada?—inquirió Isabel.
—Es. ¿Qué te parece?
Isabel contestó a su madre con un mohín:
—Bien. Los primeros días todas parecen bien.
Y se sirvió agua, tocando antes con el índice y el pulgar en cruz el borde de la jarra y de la copa, rápidamente. Era uno de los que pudiéramos llamar en ella tics de misticismo. Sin ser de exaltada devoción, más bien fría cumplidora de sus deberes religiosos, estaba poseída y esclavizada por cien preocupaciones de una extravagancia inverosímil. Antes de coger un objeto había de tocarle con sus dedos en cruz; suponía que su mano y su pie izquierdos tenían funesta influencia en sus contactos con las cosas, había dentro de ella una voz misteriosa que le hacía las más absurdas amenazas. Le decía, por ejemplo, esa voz, yendo ella por los campos:
—Debes cambiar de vereda e ir hasta aquel pino alto que hay cerca del trigal.
Y aunque llevase prisa y el camino que le designaba la voz le obligase a un rodeo, iba y tocaba el árbol con sus dedos en cruz; y seguía después, satisfecha. Otras veces se le ocurría pensar, al sonar una hora en el reloj de la casa:
—Debo rezar una salve para que en esta hora no muera mamá.