—Lo que debíais hacer era ir al baile.
La moza de Narahío suspendió su labor:
—También es verdad, señora. Pues por mí que no quede.
Volvoreta rió; las rapazas del rincón siguieron mudas. Entonces la posadera cruzó sus manos sobre el vientre deforme:
—¡Válgame Dios, qué juventud ésta!...
Increpó a las del rincón:
—¿No vos da vergüenza, soiniñas?... ¿Qué vades vos a buscar a la América, coitadas?... Quisiéralo saber. A vuestros años no había baile ni romería donde yo no estuviese.
La de Narahío apartó el balde de sí, arrastrándolo con estrépito sobre las losas.
—¡Vamos nosotras, porra!... ¿Qué tenemos que ver con ellas?
Y se puso en pie como si ya fuese a partir para el baile. La posadera se echó a reir, haciendo temblar la blanca masa de sus pechos. Idearon el disfraz y requirieron a Volvoreta para acompañarlas. La joven se negó tibiamente, con cierta envidia hacia la dichosa independencia de las demás. Al despedirse aclaró Sergio: