—Supongo que no te dejarás convencer. ¿No irás al baile?

Y ella, con brusquedad de incomodo:

—¿No me has oído decir que no iré?...

Sin embargo, Sergio no pudo desechar la celosa inquietud. A las doce se escapó del periódico y fué al baile. La luz de los focos parpadeaba sobre las puertas del teatro; un hombre ebrio, disfrazado con un tieso y crujiente impermeable de pescador, canturreaba inmóvil, resignado a no poder separarse de la pared, en la que se había apoyado. Era aquél un baile público, en el que los arrabales volcaban sus legiones de mozos inciviles y la ciudad sus mujerzuelas y sus jayanes. Una mezcla de cargadores del muelle y de señoritos devotos de la crápula fácil. En los pasillos se alineaban, detrás de sus cestas, las vendedoras de naranjas y de refrescos gaseosos: una murga atronaba todo el ámbito. Pero los gritos, los zapatazos, los rugidos de la muchedumbre eran más poderosos que el estrépito musical. Sergio se detuvo en la entrada del patio, sobrecogido por cierto temor. Le pareció haberse asomado al infierno, tal y como don Miguel lo describía en los sermones de la misa dominguera. Cada ser humano era un energúmeno, cada boca un grito, cada brazo un aspa, y en todos los rostros había llamaradas del incendio de alcohol. A veces un grupo de gente se extendía como una cadena, trabada por los brazos—cincuenta, sesenta locos—, y brincaba desaforadamente sobre el tablado, haciéndolo cimbrear, con un ruido como si todo el teatro se derrumbase. En los palcos se habían guarecido mujeres que llevaban un mantón de Manila o un traje escotado; la turba que llenaba el salón lucía disfraces de una arbitrariedad nauseabunda; algunos eran sencillamente colchas llenas de lamparones; otros, ajados trajes de campesinos; otros, capuchones desgarrados que aún conservaban el lodo por donde los había arrastrado la máscara que lo alquilara en la fiesta anterior; ciertos bailarines se habían contentado con ponerse la americana con los forros hacia afuera; en muchas caras, el hollín había sustituído a la careta, y entre la negrura abrillantada por el sudor, los ojos y los dientes lucían una aguda ferocidad. Y todo estaba envuelto en una niebla de polvo y de humo y de vaho vinoso de dos mil bocas, que atenuaba la luz de las lámparas; y olía a vómito y a sudor agrio de cuerpos sucios y a la miseria que aquellas gentes dejaban en sus chozas de los arrabales y en sus casitas del barrio de pescadores, y a las esencias baratas del tocador de las mujerzuelas...

Sergio pensó en marchar; pero se sobrepuso su ansia. Cuando pisó el salón rompía a tocar la murga, y se vió repentinamente envuelto en el ir y venir atropellado de las parejas. Fué empujado, prensado, pisoteado; le pareció que iba a ahogarse e intentó salir; pero lo rechazaron hacia el centro del patio, y allí quedó, un poco más en calma.

Entonces se dedicó a escrutar las mujeres. Vió pasar a la posadera con un solo trozo de antifaz sobre la cara envejecida, imponente con la doble ampulosidad de sus carnes y de una sábana flotante; llevaba en las manos un soplillo de mimbres y se abanicaba con él, a la vez que se dejaba remolcar al compás de la danza por un hombre macilento, huesoso, que clavaba los dedos engarabitados en la espalda de la posadera y dejaba caer el cráneo casi sobre el suculento cogote de su conquista, en una traza que podía ser de lujuria o de hambre avivada por tanta y tan próxima carnosidad.

En una joven que entrevió bailando con alguien que llevaba un disfraz de labriego creyó descubrir a Volvoreta: la misma estatura, el mismo pelo del color de la miel... Luchando a codazos entre el gentío intentó seguirla. Se extravió, injurió a un marinero que le había aplastado un pie, enredó los botones de la americana en el fleco de un mantón... Quiso volver al centro del patio y no pudo lograrlo. Cuando cesó la música lanzóse en descubrimiento de la máscara sospechosa. La encontró entre un tumulto; el labriego se la había echado a la espalda, como quien carga un saco, y daba torpes brincos. La mujer agitaba las piernas en el aire, chillando y riendo. Al fin logró desprenderse. En la parte que la careta dejaba ver del rostro del rufián, entre la barba, sin rasurar, corría el sudor en gotas. Sergio, ceñudo, contempló a la muchacha; no era Federica: más gruesa, más alta, con una voz chillona... No era...

Y corrió detrás de todos los cabellos rubios y de todos los cuerpos de talle análogo al de la novia. Veinte veces le pareció divisarla, y otras tantas se convenció de su error. Subió los diversos pisos del teatro. En los pasillos, ocupados por mesas, se cenaba bulliciosamente. Arriba ya, en los corredores que llevaban al paraíso, había apenas doce o quince parejas misteriosas. Ellos, hombres casados o jóvenes enemigos de la turbamulta; ellas, tal vez criaditas recatadas, modistas aventureras o entretenidas infieles. Cuando alguien subía hasta el corredor había una misma actitud de disgusto y de azoramiento en las parejas; se cuchicheaba; las caretas no se separaban ni un instante de la faz... Los disfraces eran igualmente meticulosos: «viudas», «dominós», una «doncella», una «Colombina» con medias de lana roja y peluca color canario...

Muñiz pasó con una mujer hinchada, monstruosa, que se balanceaba bajo su capuchón al andar, como si fuese un globo pleno de hidrógeno que estuviese a punto de desprenderse del suelo. El periodista la abandonó un momento para acercarse a su amigo:

—¿Va a ir al diario? No diga que me vió, ¿sabe?