Después, bajando la voz:

—Es una mujer estupenda, ¿eh?... Fíjese qué pechos.

—¿Histérica también?

—¡Ay, amigo!... Perdidamente... ¡La peor, la peor!... Ya se lo contaré mañana.

Y huyó a brinquitos. Sergio no le envidió. Le había parecido una anciana la amiga de su compañero. Cuando quiso comprobarlo, otra máscara le volvió a su obsesión primera. Ahora se trataba de una «viuda», que al pasar había clavado en él sus ojos verdes. Ésta podía ser... seguramente era... Hasta juraría Sergio que advirtió en ella un movimiento de sorpresa, y que le había visto apretar más fuerte el brazo de su galán. Les cortó el paso y la miró con ansia. Ella entonces sujetó con la mano enguantada la barbilla del antifaz. Descendieron las escaleras. En el piso inferior los distanció el gentío. Aún pudo ver la cabeza del acompañante de la máscara sobresalir entre un grupo. Luego los buscó inútilmente. Subió, bajó, se internó en el salón, escrutó en los palcos, persiguió a otras mujeres vestidas de negro... Nada vió... La moza de Narahío, sin careta, pequeña y redonda, encendida con el buen color montañés, bailaba una jota sin música entre las cestas de fruta, en el desenfreno de la dinámica. Abelenda la llamó:

—¿Viste a Federica?

—No—respondió ella, limpiándose el copioso sudor.

—Di la verdad: ¿vino Federica?

—No. Págueme una naranja.

—Mira—amenazó Sergio, con toda la rabia acumulada aquella noche—, como yo descubra que ha venido Federica, a la posadera y a ti os pateo como a odres. Ya lo sabes.