Y se dirigió a la puerta para marchar. La de Narahío quedó un momento confusa; pero después corrió tras él, indignada:

—Oiga... ¿A quién va a patear usted, señorito esfamiado?... ¡Atrévase, que me basto yo sola para escorrentarlo!... ¡Lampantín!...


XVI

Don Agustín le confió cierta vez a Rodeiro con aire de honda melancolía su mala impresión acerca del futuro de Abelenda en el periodismo. Tenía dos capitales defectos: falta de instinto reporteril y una gran timidez. En los centros oficiales se burlaban de él, dándole noticias absurdas; desconocía en absoluto todo cuanto pudiera relacionarse con la política; las referencias que llevaba al periódico eran siempre vagas y deficientes.

—Y es una pena, ¿sabe?, porque el muchacho no es tonto.

Y cuando Amaro refirió a Sergio el descontento del director, el joven no pudo justificarse. Sin duda, no había nacido para hacer gacetillas. Jamás podría decidirse, por ejemplo, a molestar a un señor, afligido por un incendio en su casa, para interrogarle ante la hoguera desoladora acerca de cuánto importaba el seguro y cuál era la edad de la vieja que se había achicharrado en las boardillas. La inoportunidad del cuestionario se le revelaba tan vivamente que volvía a la redacción sin las notas. Podría ser «falta de instinto reporteril», como afirmaba Rosales, y era, desde luego, timidez, la timidez que en las ciudades cohibe a las gentes del campo. Esto constituía para él frecuentemente motivo de conturbación. Uno de los fracasos a que su cortedad le arrastraba había ocurrido unos días antes en el café París. Un domingo, cierto compañero suyo del Bachillerato le había descubierto, entre grandes ponderaciones, a una bailarina que trabajaba en el tal café. Fraguaron una aventura.

—Tú—insinuó el amigo—, con tu carácter de periodista... ¡figúrate!...

Y tomaron asiento en una mesa, después de convencerse de que sumaban seis reales las monedas de cobre que guardaban en sus bolsillos.

La bailarina se llamaba Lulú. Lulú es un nombre típico, ligero, de frivolidad, representativo de una época. Cuando queráis penetrar en el espíritu de un siglo, averiguad qué nombres llevaban las mujeres que vivían en él. En las edades heroicas se llamaban Brunequilda, Fredegunda... palabras fragorosas y recias. Cuando el romanticismo paseaba por los senderos la pluma enhiesta de los trovadores había Isaura y Graziella... La época de misticismo bautizó a muchas Diosdada y Luzdivina. Este siglo comenzó creando a Lulú, y a Fifí, y a Frufrú: lo sutil y lo trivial, la bagatela aterciopelada.