Esta Lulú presentábase embutida en un trajecito de hombre. Tenía en los ojos obscuros una mirada pecadora, y la corta melena le envolvía el rostro en algún rápido giro del cuerpo sobre sus pies de niña. Sergio asistió a esta revelación deslumbradora con el mismo interno cosquilleo de quien vende el alma al diablo o del que da el primer mordisco en la fruta del árbol del Bien y del Mal. Tomaban los dos amigos el deplorable café entre un cabo de Artillería que fumaba un cigarro hediondo, y un cochero de punto que escupía en el mármol de la mesa. A veces el cabo apartaba el puro de la boca para gritar «¡ole!» con el mismo tono con que podría decir «¡marchen!» Y entonces, el cochero, transportado de La Coruña a Triana, se decidía a vociferar:
—¡Tu mare!...
¡Oh! ¡Sergio y su amigo hubiesen dado sus títulos de bachilleres por poder gritar como aquel cabo o como aquel cochero pervertido! Pero el mozo del café, próximo a ellos, con su negro traje y su pelo brillador partido pulcramente, les inspiraba un respeto temeroso... Por fin se decidieron a acompañar con los tacones bajo la mesa. Y cuando el camarero les miraba, al acaso, se aquietaban, como cuando les miraba en clase el profesor de latín.
Terminado el baile, la mocita saltó del tablado. Fué y vino entre las mesas. El cabo le gritó al pasar su ¡ole! imperativo. La pequeña Lulú se detuvo entonces, ocultas las manos en los bolsillos de su chaqueta:
—¿Convida usted?
El cabo expuso bruscamente su opinión de que debía convidarla su madre. Ella hizo un mohín. Miró después a los dos amigos con su obscuro mirar malicioso, y preguntó sonriente:
—¿Convidáis?
Enrojecieron; sonrieron también, pero con esa sonrisa de los azorados, que sólo dilata un extremo de la boca. Al fin, el camarada de Sergio balbució:
—¡Si a usted le gusta el café!...
Mas el cochero agarró a la bailarina por un brazo y la hizo sentar junto a él.