—¡A ver, mozo!...

En la calle detuviéronse los amigos, desesperados:

—¡Mira que si llegamos a tener dos reales más, nada más que dos reales, lo suficiente para haber quedado bien!...

La consecuencia de su apocamiento proporcionaba al joven agudos sobresaltos. Casi todos los días, sobre su carpeta, el implacable don Agustín acumulaba, marcados con lápiz rojo, los recortes de los otros periódicos que contenían relatos de sucesos de los que Abelenda no había tenido ni la sospecha. Esto le producía una constante inquietud. Singularmente Boado, el repórter de La Independencia, un joven diminuto, activísimo, conocedor de todas las gentes y por todas las gentes conocido, conmovía sus nervios con su sola presencia. Cuando Sergio le veía pasar con su paso rápido y menudo, haciendo girar el bastón en grandes círculos, se advertía presa de la angustia. ¡Gran Dios! ¿Qué noticia transcendental había adivinado aquel hombrecillo de azogue? ¿Adónde caminaba? ¿En busca de qué suceso recóndito?... Sergio concluía por seguirle cautelosamente. De buena gana le hubiese acometido muchas veces para arrebatarle las cuartillas en que le veía trazar rápidas anotaciones. ¡Y cómo envidiaba aquel desenfado con que el rival charlaba con el capitán general, y aquella sencillez con que detenía al gobernador en la calle, y aquella audacia con que, en la visita hecha por un príncipe a la ciudad, le vió subirse a uno de los automóviles del séquito!... ¡Oh, Boado era su pesadilla constante!... Deseaba arrodillarse ante él con las manos juntas y suplicar, gemebundo y rendido:

—¡Boado, por Dios, no corra usted por las calles, no dé vueltas nerviosas al bastón, no tome notas en sus cuartillas, no tutee usted al inspector de policía, Boado!

Un día presentáronle en el café a un periodista madrileño que había hecho el largo viaje para servir a su diario una interview con Manazas, un afamadísimo torero que debía desembarcar, de regreso de América, en la ciudad. El recién llegado estaba radiante porque era el único revistero de la corte que iba a tener el honor de hablar a Vicente—él llamaba al diestro por su nombre de pila—al pisar tierra española. Comunicó a Abelenda noticias del entusiasmo que el «fenómeno» despertaba en Madrid.

—Es una locura. Mire usted: en un cine se exhibió una película de cierta faena de Vicente en Méjico. Antes aparecía Vicente de paisano, en un café, y hacía así, saludaba y se quitaba el sombrero, sonriente. Bueno, pues... fué un delirio. El público del cine aplaudía y vitoreaba... Fuera había empellones por entrar... Y es que vale mucho, ¡mucho!... Ese hombre... si no fuese demasiado modesto...

Y preguntó de pronto:

—Aquí se le dará un banquete, ¿no?

Sergio tuvo que responder, con cierta pena: