—No.

—Bien, pero irán comisiones o algo así, ¿eh?...

Repitió, ya avergonzado:

—No.

—Pero—clamó, sorprendido y colérico, el colega—, ¿no se hará nada?...

Y Sergio, ya francamente consternado:

—¡Nada; ni aun se sabe que va a llegar; ni aun importa que llegue!

Se miraron con desolación. Abelenda creyó su deber bajar la vista humildemente.

Meditando después, en su ansia de merecer alguna alabanza de Rosales, decidió Sergio que había llegado la ocasión de lucimiento, y se resolvió a la interview con el coloso de la tauromaquia. Cuando fué divisado el trasatlántico, casi de noche ya, embarcó con el periodista madrileño en la lancha de vapor donde ya se acumulaban varias personas: los carabineros, los consignatarios, algún mozo de hotel. El joven indagó anhelosamente y no vió a Boado. Le dió un brinquito de júbilo el corazón. Por esta vez, él le pisaría un suceso de importancia al terrible rival... Trepidaba la lancha, avanzando. Casi en la boca de la bahía se detuvo a esperar al monstruo, que mostraba a lo lejos las filas de sus luces. De noche ya; con una neblina ligera; velada la luna.

Pasó un vapor de pesca, mirándoles con su ojo verde y su ojo bermejo. Un frío húmedo entumecía a los que esperaban. El trasatlántico seguía aproximándose lentamente. Fondeó, al fin. Acercóse la lancha. En lo alto de la escalerilla, los ojos atónitos de Sergio descubrieron la figura desmedrada e inquieta de Boado, que había ido a bordo con el personal de Sanidad, antes que nadie.