—¿Y Vicente?—gritó, ya en la cubierta, el revistero cortesano—. ¿Dónde está Vicente?
Vicente estaba allí, envuelto en un gabán, calada la gorra de viaje. Le cercaron. Atisbando entre el colega de Madrid y el rival de La Independencia, Sergio pudo ver el largo rostro y las cejas pobladas y la nariz abundante y los abultados labios del ídolo. El ídolo contó que el viaje había sido bueno, que el día de su beneficio le había dado un toro un puntazo y que estaba ansioso de pisar tierra firme. Pero esta última declaración confidencial fué interrumpida por el madrileño; el madrileño quería saber detalles del puntazo. El diestro explicó:
—Fué al capear el cuarto. Lo quise pasar por delante y se pasó por detrás... Entonces amparé el golpe con una mano... Perdí dos domingos.
Aquello era muy confuso para Abelenda... El fotógrafo llevado a bordo por el revistero intervino para disponer la pose del Manazas. El hombre de la corte se apresuró a colocarse junto al torero y aun apoyó una mano en su hombro, con un aire de familiaridad llamado a suscitar la envidia de media España. Surgió el fogonazo del magnesio. Luego marcháronse todos, deslumbrados, tropezando en los baúles y las sillas desparramadas sobre cubierta.
En el fumoir del buque, mientras el coloso tomaba café, Sergio, que le había seguido y que palpitaba de emoción en aquel vis-à-vis ambicionado, se esforzaba por ordenar en su ánimo las preguntas que debía dirigirle. Meditaba en que las ocasiones de hablar con un hombre notable son pocas y es preciso exprimirlas. Por algo la Prensa madrileña hacía viajar a sus redactores, y los fotógrafos derrochaban el magnesio, y el público se batía en la corte a la puerta de un «cine» para ver proyectada aquella faz tosca, como hecha a puñetazos, y admirar en ella una sonrisa de la enorme boca de labios callosos. Sergio sospechaba que tenía ante sí la interview sensacional con que enloquecer a los mil setecientos noventa lectores de El Avance. Pero no acertaba... Preguntó una vez, con el tono de quien pregunta por la familia de su interlocutor:
—¿Y los toros?
—Bien... Unos buenos, otros malos... De todo.
Abelenda sonrió, como si esta declaración le desentrañase un misterio. Intentó el aspecto internacional.
—¿Cómo andan las cosas en Méjico?
El Manazas encendió un cigarro, puso la caja de cerillas sobre la mesa y el puro sobre la caja. Después revolvió el azúcar en el vaso. Murmuró: