—¡Muy mal, muy mal!... ¡Aquella revolución, amigo!...
Y se consagró a beber el café. Sergio le vió alargar los labios, en la succión, como si quisiese llegar al fondo, y miró luego cómo la prominente nuez del torero se agitaba en la garganta, en un goloso subir y bajar, con un ruidillo de contentamiento. El Manazas dijo después:
—El día que llegamos a la Habana hicieron volar los restos del Maine.
Sergio se animó.
—Se puede hablar de su emoción al ver cómo desaparecían esos penosos recuerdos, ¿eh?
Y el Manazas, recapacitando, concedió:
—Bueno.
Abrióse otra pausa. Sergio mordía el lápiz, interiormente desesperado por no saber hacia qué asunto dirigir sus inquisiciones. Iba a abrir la boca para preguntar al ídolo qué color prefería y cuál era su autor predilecto, cuando Vicente se levantó. ¡Diablo!... Ahora recordaba que debía afeitarse. Desde otra mesa, donde apuraba un cok-tail, el revistero madrileño, temeroso de separarse del Manazas, gritó:
—¿Adónde va el astro?
Y cuando el astro explicó, meneó el revistero la cabeza, y lo vió marchar, con mirada cariñosa.