—«¡Oh—se leía en aquel mirar—, con qué estremecimiento de veneración tocará el peluquero de a bordo esa coleta!... Con qué voz respetuosa y temblona detendrá un momento la navaja para preguntar: ¿Lastima, maestro?»...

Las cuartillas en que Abelenda consignó, tras grandes sudores, la interview con Manazas, no tuvieron éxito. Rosales las rasgó, desdeñoso:

—Esto no importa a nadie aquí. Haga simplemente una gacetilla.

Y aun tuvo una crueldad. Al pie de las tres líneas en que se daba cuenta del regreso del astro, puso el notable polemista uno de sus rotundos comentarios lacónicos:

«¡Bien pudo quedarse!»

Decía así: «¡Bien pudo quedarse!» Sergio, desolado, pensó en que si alguna vez llegaba a encontrarse con el Manazas, era hombre muerto.


XVII

Con una alegría que se vislumbraba al través de aquella su apacibilidad constante, Volvoreta le anunció, mientras paseaban por los andenes, cerca del océano amansado ya, dormido en la dulzura de las primeras noches primaverales:

—Mañana entraré a servir en casa de los Acevedo.