Refirió muy prolijamente las preguntas que le había hecho la señora, el aspecto del comedor, con sus bandejas de plata por las paredes, el susto que había sentido ante un terrible perrazo que vió en el vestíbulo, y que resultó ser de cartón piedra... Toda la casa era señorial. La habían admitido para doncella de la señorita Luisa, y afirmaba ahora que no podía haber encontrado una ocupación mejor en todo el pueblo.

Callaba el joven, oyéndola, internamente roído por aquella celosa prevención contra el bajo oficio de la novia. Inquirió, al fin, malhumorado:

—Y ahora, ¿cómo hemos de hacer?

Federica no podía aún decírselo. Era necesario esperar, conocer las costumbres de la casa, saber los días en que habían de permitirle salir...

—Tú escríbeme.

Sergio no escribió. Espiaba la puerta de los Acevedo y podía ver alguna vez a su amada, vestida de nuevo de pies a cabeza, airosa, gentil, notoriamente satisfecha al lado de la lujosa Luisa. Cuando, inopinadamente, se cruzaban, Sergio solía saludar con un rendimiento cortés, al que la señorita contestaba apenas con un leve movimiento de sus ojos más que de su cabeza. Federica mirábale rápidamente, y nada más. El primer domingo, Sergio hubo de soportar el copioso relato de todas las costumbres y peculiaridades de la casa, y la referencia minuciosa de un viaje que Volvoreta había hecho en el automóvil, al lado del chauffeur, desde la calle donde vivían hasta la cochera, que estaba doscientos metros más allá. Y todo con una hiperbólica alabanza: la señora, un alma de Dios que se detenía muchas veces a charlar con ella; la señorita, un ángel que ya le había regalado un montón de puntillas y ropa blanca casi sin usar; ¡como tenían la misma estatura!... Ropas de hilo, finísimas... Precisamente llevaba puestos unos pantalones que... en su vida había soñado.

En los días de la segunda semana Sergio advirtió que Luisa no contestaba ya, ni con los ojos, a su saludo. Volvoreta, en cambio, se permitía sonreir para él y aun murmuraba un adiós sin el antiguo recato. El nuevo domingo llegó, y mientras el joven paseaba en espera de la salida de la moza, como alzase los ojos a los balcones, vió a la señora de Acevedo, que le hizo amablemente la insinuación de subir, varias veces repetida, porque Sergio, entre receloso y admirado, no obedeció a las primeras indicaciones.

Mientras ascendía por la escalera pensaba él que quizá fuese llamado para hacerle oir una reprensión por sus amores con Federica. Pero ya en el comedor, ante el gesto sonriente y la melosidad de la señora de Acevedo, se aminoraron sus temores. Sin embargo, la presencia de Luisa, sentada con cierto abandono junto al balcón, y también la de Volvoreta, endomingada ya, de pie, medio oculta tras una cortina, en una actitud pudorosa, conservaron viva la inquietud de Abelenda.

La de Acevedo le observaba al través de sus impertinentes de mango de concha. Le interrogó con su voz atiplada e insinuante, que repetía monótonamente las palabras:

—¿Y usted es de allá, de la Gándara? ¿No es eso?... ¿De una familia de la Gándara?...