—Sí, señora; de la familia de Abelenda.
—¡Vaya, sí; ya sé: de la familia de Abelenda!... Y ¿qué tal? ¿bien? ¿su familia bien?...
—Bien, sí, señora.
Daba vueltas al sombrero. La mujer no dejaba de observarle con una curiosidad escrupulosa:
—Claro; la familia bien... Naturalmente... Pues me alegro, hombre...
Conocíase que hablaba sin pensar sus frases. De pronto se volvió hacia Luisa, para exclamar:
—No comprendo por qué decías tú que yo le conocía. En mi vida he visto a este joven.
Luisa calló. Sergio, sin comprender nada de lo que ocurría, explicó:
—He tenido el gusto de saludar a ustedes en casa de don Manuel del Souto.
La de Acevedo volvió a alzar los impertinentes como si le fuesen precisos para mirar al pasado. Recordó, o fingió recordar: