—Sí... sí... La Cruz del Souto... En efecto... Muy bien.

Y sin transición, pero acentuando más aún la empalagosa dulzura de su acento:

—¿De modo que usted es el que está tan enamorado de Federica?

La inopinada pregunta y aquel ponderativo adverbio con que aparecía admirativamente agigantada su condición de amador, le hicieron enrojecer bruscamente. No se atrevió a mirar a Volvoreta, que, turbada asimismo por el rubor, enrollaba la cortina entre sus manos casi hasta hacer de ella una cuerda. La señora continuó:

—Ya me dijo ella que usted tiene muy buenos propósitos y que piensa casarse en seguida... ¿cuándo piensa usted casarse?...

Las mejillas de Sergio se pusieron al rojo cereza. Sentía sobre él un enorme ridículo, y aquel desdén con que Luisa continuaba mirando a la calle le hacía más daño que si se hubiese reído de él. Quiso negar, y dirigió una ojeada a Volvoreta, que continuaba retorciendo la cortina, sonrosada y riente, clavados en él los cándidos ojos color de mar. Le faltó valor para desmentirla. Balbució:

—¿Casarnos?... pues... no sé...

Entonces la de Acevedo le dirigió un discurso conmovedor, para explicar su ingerencia. Ella era siempre como una madre para la servidumbre de su casa. La bondad de su corazón se vertía especialmente sobre Federica, joven, hermosa y desamparada. Por eso había querido conocer detalles del noviazgo, para impedirlo si llegaba a sospechar de su rectitud. Pero Sergio le agradaba, le parecía «un muchachito bien educado». (Al llegar a este punto se interrumpió para advertir a Volvoreta que la cortina no podría soportar por más tiempo aquella tortura.) Exhortó al joven para que se convenciese de que la verdadera riqueza está en el espíritu, y añadió que aunque Federica no tuviese más que dos ferrados de tierra en Dumbría, sus condiciones de mujer trabajadora, honrada y obediente hacían de ella un partido ventajoso para un hombre sensato. Para terminar ofrecióse generosamente a ser madrina de boda, y declaró su satisfacción porque Sergio quisiese de tan pura y noble manera a la criada.

Volvoreta, radiante, se creyó en el caso de intervenir con mimo:

—¡Boh!... Lo que él tiene es zalamería y nada más...