Sergio opinó:
—Vales tú más, naturalmente; pero... vamos... no es fea.
Federica hizo un mohín. Concedió que, en efecto, algo valía; pero la acusó de tener los pechos muy blandos.
Después contó:
—A ti no te quería bien. Una vez, al pasar tú, dijo a sus amigas: «Ese es el novio de mi criada».
—¿Dijo así?
—¡Y con un desprecio!... Yo estuve a punto de protestar... Porque eso de llamarle a una «criada»... aunque una esté a servir, que bastante desgracia es... «Criadas» son las escobas... No sé cómo la he podido soportar durante esos dos meses...
Desde aquella charla, Sergio compartía la indignación de su novia contra Luisa. Y más de una vez, cuando sus manos acariciaban sobre Volvoreta las sutiles camisas o los holgados pantalones de la hermosa hija del banquero, saboreaba voluptuosamente con los ojos cerrados el placer de una dulce venganza...