La redacción de El Avance tenía en las primeras horas de la noche una animación de casino. En el despacho del director reuníanse siempre varios personajes, accionistas del periódico o ligados a él por afinidad de opiniones, y se comentaba muchas veces la vida de los convecinos y alguna vez los altos problemas nacionales. El mozo del café entraba con refrescos y licores. Y al oir el anunciador tintineo de las copas en la bandeja, Prego alzaba el pálido rostro de las cuartillas, miraba a Sergio y a Muñiz y decía todas las noches, indicando con un movimiento de cabeza el cuarto de Rosales, donde penetraba el camarero:

—¡Y a nosotros que nos parta un rayo!... ¡Vaya una democracia!...

A la una el último visitante se había marchado ya. Pendientes tan sólo de las noticias telegráficas, cada cual aprovechaba aquel descanso a su manera. Muñiz solía hojear el Enciclopédico, en busca de palabras desconocidas con que deslumbrar a los lectores de sus crónicas. Prego extraía de su cajón un voluminoso legajo y se dedicaba a trazar números y nombres. Había conseguido que un alcalde rural le confiriese la misión de confeccionar el reparto de Consumos. A Prego le molestaba esta colaboración en una obra del caciquismo; pero los cuarenta duros que había de cobrar por ella le hicieron sucumbir. Tenía un hijo anémico... Pensaba alquilar una casita en las afueras y llevarlo allí. Algunas tardes el pequeñuelo iba a buscarlo a la redacción para ser paseado por veramar, y asustaba el verlo tan pálido, tan sutil, con esa atroz gravedad de los niños tristes, una gravedad que parecía reflexiva. Cuando Prego y su hijo, igualmente enlutados, igualmente taciturnos, igualmente verdosos, paseaban de la mano por la ribera, diríase que aquel niño de seis años llevaba también en su espíritu la indesterrable melancolía del fracaso de la República.

Don Agustín, cuando sus contertulios se retiraban, solía consagrarse a su voluptuosidad favorita: se armaba con un grueso garrote, subía el cuello de su americana, como si quedase así disfrazado incognosciblemente, y salía a cazar. Cazaba gatos. Su lugar de operaciones era un sucio y próximo callejón, al que acudían en busca de despojos algunos escuálidos felinos sin hogar o de espíritu aventurero... Don Agustín se acercaba cautelosamente y caía sobre los infelices con el bastón enarbolado. A veces se sentía desde la redacción el ruido del garrote rebotando sobre las losas, arrojado por Rosales contra algún huído animal. Entonces los periodistas se miraban riendo:

—¡Ahí anda ya don Agustín!...

Y cuando don Agustín entraba, inquirían:

—¿Qué tal se dió hoy?

—¡Pch!... Quedan ahí dos piezas...

Le brillaban los ojos de júbilo, y en ocasiones obstinábase en que saliesen a ver el cadáver de algún buen ejemplar, tendido, con la boca contraída aún, mostrando los dientes agudos, y un ojo saltado por la violencia del golpe. A Abelenda se le encogía el corazón, Rodeiro censuraba muchas veces aquella crueldad; pero el terrible polemista perseveraba en su afición y hasta la defendía con argumentos sensacionales.

—Entonces, ¿qué?... ¿He de reducirme a la caza inocente de la liebre y de la perdiz?... Yo soy un cazador de sangre; yo debía estar persiguiendo águilas y preparando trampas para los leones. Ahora, éste es un país atrasado, donde no hay ni un triste chacal, y yo no puedo irme al centro de África. Pues seguiré cazando gatos. Al fin, el gato ¿qué es?... El gato es un tigre pequeño. Cuando los acoso, se agazapan, se les hincha el pelaje, bufan como una pantera, brillan sus ojos, de furor, como el ascua de mi cigarrillo... Y saltan sobre mí... Como usted lo oye: saltan sobre mí, magníficamente. Es el minuto de mayor emoción... Además, cada gato tiene su manera especial de morirse: no hacen como los conejos, ni como las liebres... Ayer le rompí a uno la espina dorsal... Se arrastraba hacia mí sobre las patas delanteras, mayando, con medio cuerpo vivo y el otro medio inerte, mirándome con la rabia de su impotencia para herirme... Fué emocionante... Palabra de honor...