Rodeiro gemía, compadecido:
—¡Es horrible! ¡Es horrible!... ¡Usted no tiene entrañas!...
Algunos tipos pintorescos rompían de cuando en cuando la monotonía de las noches de redacción. Era a veces un globe-troter, que refería cómo estaba ganando un premio de miles de pesetas por andar por el mundo a pie y sin dinero, por incomprensible capricho de una sociedad científica; o era el personaje notorio recién llegado a la ciudad y en torno del cual se formaba grupo; o era el prestímano o el guitarrista que iba a trabajar en este o el otro teatrito y que se obstinaba en hacerles anticipadamente testigos de su mérito.
Cierta noche la puerta de cristales se abrió para dejar paso a un hombre gordo, de largas barbas, de abundante ceño, que conservaba un aire atrayente y de distinción dentro de su pantalón raído y sus botas despedazadas y su corto gabán color café, visiblemente cosido para otras espaldas menos robustas.
El hombre hizo una reverencia en el umbral y se acercó a la mesa:
—Salud. El señor director, ¿está visible?...
Se avisó a Rosales. Cuchichearon largamente. Al fin avanzaron hacia el despacho, y el polemista, entre la vaga curiosidad de sus contertulios, dejó caer estas palabras:
—Un compañero nuestro, expulsado de Portugal por conspirar por la idea.
Corrió un murmullo de simpatía. El hombre del gabán color café hizo otra reverencia y volvió a decir:
—¡Salud!...