Cediéronle un sitio en el sofá y dirigiéronle algunas preguntas. Él contó su odisea. Era portugués, de Matusinhos, pero criado en Buenos Aires; se había puesto de acuerdo con la masonería lusitana. Tratábase de hacer saltar la Monarquía con la fuerza redentora de una máquina infernal que habían construído en un sótano. Todo estaba tramado. Pero surgió un traidor: descubriéronles. Dos conspiradores habían fallecido misteriosamente en la cárcel.

—Los otros ocho fueron enviados a Lourenço Marques, donde hay antropófagos.

—¿Antropófagos?—clamó, asombrado, el concurso.

—¡Antropófagos!—afirmó el hombre de las barbas, con una sombría seguridad, moviendo el ceño peludo como los pliegues de un acordeón—. ¡Antropófagos!... La Monarquía sostiene algunas tribus en ese instinto para que se nutran con los deportados... Mis pobres compañeros—agregó con voz ronca—han sido devorados ya a estas fechas...

Elevó, con lento ademán de comprimida iracundia, una de sus anchas manos vellosas, en las que las uñas negreaban. La mano se mantuvo un poco tiempo en el aire, entre el silencio piadoso; después descendió sobre la copa de coñac de Rosales, la apresó y la vació en la boca del fugitivo. Todos comprendieron que su tribulación era amarga y profunda.

Continuó su relato. Él había conseguido huir, disfrazado de buhonero. Anduvo y anduvo—allí estaban sus botas destrozadas—al través de los campos, durmiendo en los pajares, muerto de ansia y de hambre... Cuando pisó tierra de Orense se volvió para enseñar su cerrada mano peluda a Lusitania. Luego... él pensó que en la capital de Galicia había radicales organizados y numerosos que le ampararían... Y helo aquí...

Prego, que se había ido acercando a la dirección, y que durante la historia había tenido estremecimientos de furia y crispaciones de piedad, se adelantó, conmovido, y estrechó fuertemente las manos del hombre que había luchado contra la tiranía. Don Agustín puso al terrible relato una de sus apostillas dogmatizantes...

—La hora de la libertad—dijo—no está lejana, sin embargo.

Y descendiendo al bajo nivel de las necesidades físicas, ofreció:

—¿Quiere usted café, camarada?... Aún queda un vaso bien cumplido...