El portugués aceptó, y aceptó también un cigarro. Sujeto por la gratitud, ya no se separó de ellos en toda la noche. Desatendido por los redactores, que trabajaban, consagróse a hojear periódicos. A las cuatro y media, cuando Prego se puso en pie para marchar, el hombre de Matusinhos leía el vigésimosexto diario. Prego insinuó:
—Cuando usted quiera.
El conspirador sonrió tristemente.
—¿No podría quedarme aquí?... Dormiría en este diván un par de horas... Si usted me permite...
Prego comprendió, e invadió su espíritu una honda pena. Por impulso del bien llevó la mano a sus bolsillos; pero la mano volvió a salir vacía y no pudo ofrecer más que un apretón cordial.
—Quédese usted, compañero. Si le llevase a usted a mi casa estaría peor. Ni aun tengo un diván como éste...
El luso hizo un amplio gesto de comprensión y estrechó otra vez con sus dos manos la del periodista.
—Dormiré aquí muy bien, compañero.
Se tumbó, con los pies por alto, como un toro herido. Prego contempló con amargura las botas gastadas, descosidas, del mártir de la idea, que dejaban ver un dedo sucio y engarabitado. Suspiró y despidióse.
—¡Salud!