—¡Salud!—gruñó, al través de sus barbas, medio dormido ya, el extranjero.
Fué cotidiana la visita del portugués, adueñado ya del diván como de un lecho definitivo. Contaba episodios de su vivir en la Argentina y pedía tabaco a los contertulios, sin abdicar de la dignidad de sus ademanes. Su vivir era paupérrimo. Una noche salió a recoger un gato asesinado por Rosales, y ante la repugnancia de Juan del Lirio lo envolvió en varios periódicos, sobre la mesa de redacción, asegurando que al día siguiente lo haría convertir en un guiso suculento.
Pasada la primera impresión novelesca, fué extinguiéndose la aureola del fugitivo. En el despacho de don Agustín comenzaba a verse con desagrado su gabán marrón y sus calzones con flecos y su avidez para el café con leche. Se prescindía de su opinión en las discusiones, y cierta vez que estalló una tormenta, don Agustín se atrevió a rogarle que saliese a pedir un paraguas a su mujer. El revolucionario concluyó por refugiarse junto a Prego. Terminados sus quehaceres, Prego atendía con solicitud al de Matusinhos y sostenían eternos diálogos en voz misteriosa. A veces, sin embargo, se oía a Prego asegurar:
—¡Es preciso que libremos la gran batalla!
El luso asentía, agitando sus barbas rubias.
Prego añadía aún:
—La Patria sufre.
Y el conspirador entonces fruncía varias veces el abundante ceño, como si se advirtiese él mismo traspasado por aquel dolor.
Fué una madrugada, solos ya, cuando el extranjero puso solemnemente su mano sobre un hombro del periodista y le miró con fijeza.
—Usted, camarada, tiene un corazón apostólico. Usted sería incapaz de una traición.