Prego se sintió impresionado por estas frases. Llevó su diestra hacia donde latía la víscera elogiada e intentó hablar. Pero el conspirador lo impidió con un gesto:

—¡Lo sé, lo sé, amigo mío!

Y bruscamente se puso a recorrer la estancia, mesándose las barbas, agitado, como en lucha consigo mismo. Al fin arrastró hacia Prego una silla, después de arrojar sobre la mesa el cadáver de un gato que había tendido sobre el asiento, con un desdén que reveló al periodista toda la grave preocupación que embargaba al radical, alejándole de los bienes terrenos.

—Amigo mío—confesó el portugués—, mi misión no ha terminado aún. Yo he hecho promesas a nuestros correligionarios de la Argentina, que he de cumplir a todo trance... La muerte no me aterra... Mi sangre será la que fertilice muchos espíritus...

Abrió una pausa y aclaró. El plan del comité revolucionario era dar primero «el golpe» en Portugal, y poco después en España. Prevenidas las autoridades, dificultado hasta la imposibilidad su regreso a Lisboa, la primera parte del complot debía ser aplazada prudentemente. Pero él estaba decidido a realizar la segunda. Él rompería las cadenas, él iría a Madrid... ¿Cómo?... He ahí la cuestión. Todo el dinero enviado de la Argentina—muchos miles de duros—estaba en poder de uno de los deportados. El brusco y desdichado fin de aquella conjura, que terminó obscuramente en la panza de unos caníbales, le había impedido coger ni un solo vintem de los fondos comunes. Él no podía presentarse así en la corte; su aspecto de vagabundo despertaría la atención de los agentes; le vigilarían...

—Además, yo tengo esta desgracia... Fíjese usted... Mis ojos, mi barba, el color de mi rostro... Yo tengo todo el aspecto de un anarquista ruso... Esto me ha causado grandes perjuicios más de una vez. ¿No me nota usted, en verdad, la traza de un anarquista ruso?

Prego convino en que «tenía un aire»... Después de esta corroboración el hombre de Matusinhos mesó, como si las fuese a arrancar, aquellas barbas con las que le había castigado su estrella.

—Necesito cierta cantidad para cambiar todo este aspecto; usted debe orientarme. Algunas insinuaciones que hice a don Agustín y a sus amigos no dieron resultado. Son gente tibia... No tienen opiniones firmes.

—Son burgueses—condenó el periodista.

—¡Son burgueses!—rugió el portugués—. ¿No habrá nadie que quiera colaborar en esta obra de redención?... ¡Oh, qué terrible tristeza para quien como yo tiene hecho el sacrificio de su vida, ver que los demás no quieren hacer el de unas cuantas despreciables pesetas!...