Y exaltadamente, quemando con su aliento fétido la cara de su interlocutor, expuso el plan terrible. El régimen herido en la persona de su más alto representante. España libre y feliz, la democracia triunfando. Invitó a Prego a considerar el espectáculo de una larga hilera de frailes y monjas marchando hacia las fronteras, diligentes y numerosos como hormigas que huyesen de su hormiguero inundado... Las catedrales convertidas en escuelas, el pan libre, disuelta la Guardia civil, y un Gobierno de amor y de concordia asentándose sobre estas sólidas bases.
El periodista reflexionaba sombríamente.
—¿Cuánto dinero necesita usted?
Poca cosa. Con mil pesetas, el más rotundo de los éxitos estaba asegurado. Prego gimió invadido por el desaliento:
—¡Mil pesetas!... Es una enorme cantidad... Nunca podríamos encontrar mil pesetas.
Sepultó su rostro entre las manos para meditar. Inclinado sobre él, como un rubio y gordo Satán que tentase un alma, el hombre de Matusinhos fué rebajando poco a poco la cifra. Quizás con seiscientas pesetas... Acaso con quinientas... Apurando mucho, con trescientas cincuenta... Tendría que hacerse un traje, que vivir en Madrid unos días o unas semanas, mientras la ocasión no llegase. Sin alzar la cabeza, como quien aventura una loca esperanza, preguntó el periodista:
—Cuarenta duros... ¿podrían bastar?
Los brazos del portugués cayeron melancólicamente a lo largo del cuerpo y se abatió su abultada frente. ¡Pch!... Cuarenta duros... poco dinero...
—¡En fin!—suspiró—. Mi suerte está ya decidida... Pensaba suicidarme después... De esta manera no hará falta... Moriré de hambre... Sólo deseo que mis fuerzas duren lo bastante para poder apretar el gatillo...
Prego ofreció entonces, como quien acaba de resolverse a algo heroico: