—Cuente usted con los cuarenta duros. Se los daré yo.

Brillaban sus ojos. El fugitivo le abrazó fuertemente, con una alegría reveladora de un monstruoso amor por la causa. Desparramó sobre Prego una lluvia de encomios; después, como para premiar su buena acción, le hizo el regalo de una confidencia importantísima:

—Es preciso que usted conozca todo el alcance de nuestra obra... Jamás se habrá hecho una extirpación tan radical de la tiranía...

Se alzó, hizo jugar los ojos terriblemente bajo las peludas cejas movibles. Y como sus dedos tropezasen con el cadáver del gato, crispáronse sobre él y lo suspendieron en el vacío.

—Morirá la fiera—dijo, con una significación que estremeció a Prego—; pero morirán también sus cachorros.

El periodista se opuso. No, los cachorros no. Él era padre. Precisamente aquel dinero que había de entregar al conspirador estaba destinado a llevar salud a su hijo. Él suplicaba respeto para la tierna vida de las criaturas. El portugués, visiblemente disgustado por aquel sentimentalismo, dejó caer el cuerpo del gato.

No estaba conforme. Su procedimiento alejaba todo peligro para lo futuro. Al fin se allanó a respetar la vida de las mujeres. Pero los infantes... Volvió a interceder el periodista. Su cómplice rogó:

—Siquiera el primogénito...

—¡Ni una gota, ni una gota de sangre inocente!

Resignóse el conspirador. Estrecháronse las manos.