Y aquella noche, mientras deshacía para acostarse el lazo de su corbata de luto, Prego pensó que bien pronto podría sustituirla por otra de más vivos colores. Besó a su hijo y suspiró—metiéndose en la cama al pensar que a costa de los glóbulos rojos de aquella escuálida criatura se estaba preparando un porvenir de libertad para la patria.
Dos días después de la marcha del luso, que desapareció con el sigilo que convenía a sus trágicas intenciones, Sergio contó al llegar al periódico, arrojando sobre la mesa unas cuartillas de notas:
—Hoy traigo una noticia interesante para Prego. La Policía está buscando a su amigo.
Prego se puso un poco más verde:
—¿Al portugués?
Sergio rió. ¿Portugués?... El hombre de las barbas era de Túy y se llamaba Cadaval. Había trabajado en Vigo como vigilante de Consumos y estaba reclamado por un delito de abusos deshonestos.
—Parece que es de todo cuidado el señor...
Prego calló. Inclinóse sobre las cuartillas y continuó escribiendo:
«Telegrafían de Salónica...»