XIX
Inesperadamente le vió pasar montado en el caballejo peludo, con los pies casi llegando a las losas, seco y desgarbado, luciendo la chaqueta de pana que no salía del arcón más que en los días dominicales o para acompañar a su dueño en las excursiones a la ciudad. Abelenda quedó un instante inmovilizado por la emoción. Luego dióse a correr tras él, gritando:
—¡Chinto!... ¡Eh, Chinto!...
El servidor detuvo al fin su cabalgadura; hizo un aspaviento de asombro y se apeó, alzando levemente el ala de su fieltro:
—¿Y luego, señorito?
Miráronse largamente, con júbilo:
—¿Cómo están en la Gándara?
Bien. Estaban bien. Chinto había venido a hacer unas compras. Detalló con minuciosidad el contenido de los paquetes sujetos a la albarda. Sergio miró al caballo con ternura y acarició su pescuezo oculto bajo la larga crin negra. Tuvo placer en llamarle por el nombre que la bestia llevaba, impuesto por admiración de Chinto hacia el bandolero de Grañas del Sor.
—«¡Mamed!»... ¡Oooh, «Mamed»!
Y todo suspirante de añoranzas, inquirió: