—¿Y... por allá, Chinto?
«Por allá»... nada. Chinto comenzó afirmando que no pasaba nada. Después, poco a poco, con la cautelosa mesura del paisano gallego, se decidió a verter en los ávidos oídos del joven unas cuantas noticias. Exuperio había brotado ya del inagotable vientre de la de Poupariña. Los castaños estaban enfermos de una plaga incombatible, muchos con la hoja amarilla, como si fuese en otoño, ¡una pena!... Doña María de Solís «llevaría el ramo» en la fiesta de la patrona de la Gándara. Había hecho donación de un altar nuevo, y todas sus alhajas lucían ahora sobre la imagen de la Virgen, en la iglesia parroquial. Iba para santa doña María de Solís. Con lluvia o con viento, todas las mañanas marchaba a pie por las corredoiras hasta el lejano templo para oir la misa con una devoción edificante. Desde que entraba hasta que, un buen rato después de terminado el oficio, volvía a su hogar, permanecía arrodillada sobre las duras losas, cubierta de luto, rezando con un fervor que conmovía. Una vez desmayóse en la iglesia. Había hecho construir un oratorio en su casa, y se ofreciera a ir andando a visitar la Virgen milagrosa de Pastoriza, para llevarle un niño de cera del tamaño de su hijo Juan. De la piedad de doña María se hablaba dos leguas más allá de la Gándara. Por las tardes, cuando bajo la bóveda de los olmos paseaba el enfermito del mal de Pot, entablillado en su coche, la madre infeliz iba detrás orando siempre, con su rosario entre los dedos sin sangre, con su rostro de Dolorosa, sin ver, sin oir los saludos, mentalmente arrodillada ante Dios, tendidos sus brazos, toda su alma prosternada en una constante súplica de misericordia para los dolientes hijos.
Pero Sergio apenas escuchó la ponderación de los cristianos méritos de la infortunada. Preguntó, extrañándose él mismo de advertirse lleno de cordial interés hacia la causante de sus tribulaciones:
—¿Y Rafaela?
—Va yendo.
—¿Y «Miñoca»? ¿Y el señor cura de Santa María?
—Va yendo, también.
Todos «iban yendo»: los criados, las vacas, los de la Cruz del Souto, el camelio del jardín, los albaricoques de la huerta... En aquel modismo galiciano, que es respuesta grata y preferida porque nada dice ni compromete, Chinto abarcó a todos los seres de la Gándara. Tras un silencio, el joven se decidió a indagar.
—Y mi madre... ¿habla de mí?
—Hablará—evadió el campesino—. Conmigo no habla.