Sergio suspiró. Hubo otro silencio. Después el aldeano aventuró su parecer de que el mozo no estaba tan grueso como antes, ni tenía aquel buen color. Abelenda apresuróse a afirmar:

—Pues estoy muy fuerte. No se te ocurra decirles...

Volvió a acariciar melancólicamente el cuello de «Mamed» y enredó con sus crines de potro cosaco venido a menos. Chinto despidióse porque las sombras se avecinaban. Montó. Cuando iba a partir, Sergio tuvo una idea repentina. Sacó fanfarronamente la única peseta que llevaba y se la entregó:

—Toma para que bebas en la taberna de «Miñoca».

Pensó que acaso Chinto lo contaría y que era ésta una suave y elocuente manera de afirmar su triunfo, su medro, su conquista del vivir, ante aquellos que le habían tan fácilmente o con tanto rigor abandonado. Vió cómo «Mamed» emprendía un trote dificultoso, y a medida que se alejaban el hombre y la bestia, sintió él crecer la añoranza en su espíritu.

Cuando dejó de verlos suspiró y echó a andar lentamente.

Más que nunca se advirtió en aquellos instantes abandonado y solo, y como nunca le fué hostil la ciudad y las gentes. Anochecía, y la larga calle de San Andrés, la de mayor tráfico, estaba en esa hora de máxima animación en que a los grupos de paseantes se suman los grupos de obreros que salen del trabajo y los de modistas alegres, y en que los carros pasan con prisa, retumbando sobre los adoquines, vacíos ya, con una trepidación que hace saltar incesantemente al guía, de pie sobre las tablas, como el conductor de un carro de combate. En una acera y en otra, el río humano iba y venía. Apenas lograba hacerse oir, entre el estrépito, la campana de San Andrés, que tocaba al Ángelus. Ante la iglesia, un enjambre de niños chillaban como golondrinas y corrían entre la luz azul que ya llenaba la tarde. Desde los bancos de piedra, unos mendigos harapientos les miraban correr, indiferentes. Poco a poco, el crepúsculo se hizo más azul. Desembocó un tranvía, iluminado ya, como una carroza de mascarada. Fueron encendiéndose perezosamente los faroles, casi ocultos por las acacias de bola. Y de acera a acera, como en una batalla, los escaparates fulmináronse los reflejos de su luz.

Abelenda sentía un afán de ternura. Como un lazarillo a un ciego, su corazón íbalo guiando hacia la casa de Volvoreta. Todo el sentimentalismo de aquella hora de nostalgias concretóse en torno de Federica y la nimbó. ¡Dulce Federica!... ¡Cómo fué para el joven un blando sedante el recuerdo de tu tibio regazo y de tus cándidos ojos y de los frescos colores de tu cara de niña hecha prematuramente mujer!... Ahora no le esperaría ya; jamás había ido tan tarde. Junto a ella, sentados cerca de la ventana, a obscuras aún el gabinetito, Sergio cogería las manos de la novia y murmuraría con voz de emoción:

—¿Sabes a quién he visto?... He visto a «Mamed».

Y evocarían. Volvoreta quería bien a «Mamed», con el cariño de las aldeanas hacia las bestias. Sergio la oiría contar nuevamente aquel episodio de la blusa que medio le había comido «Mamed» con la indiferente voracidad de los caballejos galicianos, cuyos estómagos tienen un eclecticismo generoso para todas las substancias, aun para aquellas de las que nunca se soñó que pudieran sufrir la acción de los jugos gástricos: papeles, cuerdas, tojo, zapatos viejos, hasta cascos de botella, según afirmaba Rodeiro, conmovido por esta superioridad del caballo de Galicia sobre sus congéneres de las demás partes del mundo.