Llegó Abelenda ante la casa. Estaban cerrados los balcones. Subió. Tardaron un instante en contestar a su aldabonazo. Al fin la anciana tía de Volvoreta abrió.

—Buenas noches, señora.

La vieja le detuvo.

—No me gusta que venga a esta hora, Sergio. Se lo he dicho ya. Los vecinos ven y murmuran.

Sergio sonrió, amablemente:

—Por una sola vez...

—No; ni por una sola vez. Ya es de noche. No quiero andar en lenguas de nadie. Si no se marcha ahora, no le dejaré entrar ni aun por el día.

Abelenda se admiró del rigor de la amenaza. La puerta estaba entreabierta nada más y la anciana la retenía, evidentemente dispuesta a impedir que entrase. Sergio fingió acceder:

—Por lo menos, avise a Federica de que estoy aquí.

La vieja gruñó, malhumorada: