—Federica no está. Váyase.
Empujó contra él las tablas de pino.
Bruscamente, Sergio sintió como un golpe en el corazón. Extendió su brazo por la abertura hacia el interior de la casa y gritó, ceñudo:
—¡Ese sombrero!... ¿De quién es?
Acababa de ver, colgado de la percha, frente a él, en el pasillo angosto, un sombrero de varón. Sin responder, la anciana empujó desesperadamente la puerta, ahincando todo su cuerpo con una contracción que llenaba su rostro de arrugas. El joven forcejeó también, lleno de una rabia silenciosa. Entró. La mujer abalanzóse a él para sujetarle. Cerróse la puerta con gran ruido. Abelenda se apoderó del sombrero, nerviosamente, temblando como ante un drama terrible, y corrió al comedor. En la alcoba de Volvoreta había luz. Sergio intentó entrar; pero la puerta estaba cerrada. Gritó a la mujer, que le había seguido llena de espanto:
—¡Llame usted a Volvoreta; llámela usted!
Y sin esperar a que le obedeciese, dió dos terribles patadas en las vidrieras.
—¡Llámela usted!
Dió otra patada, que estuvo a punto de hacer saltar los cristales.
Entonces oyéronse pasos en la alcoba. Una mano hizo girar la llave. Sergio plantóse ante la puerta, blandiendo el sombrero hongo, apretados los dientes, pálido, enardecido, clavado su mirar en los cristales esmerilados que transparentaban la luz tenue y rosada del dormitorio.