Y bañado en aquella luz rosada y tenue, tranquilo, sonriente, en mangas de camisa, balanceándose tras él los sueltos tirantes, apareció ante el joven el señor Acevedo. Como si se hubiese empapado en la luminosidad de la alcoba, su calva estaba enrojecida; de las orejas parecía brotar la sangre. Pero la idea de la agitación que simulaba delatar este bermejo tono de la cabeza del banquero era disipada por la serenidad de su sonrisa, un poco burlona... Sergio, inmovilizado por la sorpresa, permaneció con el hongo revelador en el aire, en actitud de quien va a cazar una mariposa. La sonrisa del banquero se llenó de bondad.
—Siéntese, joven.
Se sentó él mismo, cabalgando una pierna.
—¿Qué le ocurre a usted?
Sin reponerse aún del asombro, Sergio pudo encontrar un ademán lleno de un desdén en el que bullía la cólera.
—Nada tengo que hablar con usted. A Federica es a quien necesito ver ahora mismo.
El banquero repuso con su más dulce voz:
—Federica sentirá mucho no poder salir de su cuarto, mi joven amigo.
—¿Es que lo va a impedir usted?—indagó retadoramente el despechado.
—No—explicó con sencillez Acevedo—. No. Es que está en camisa.