Abelenda dió un paso hacia él, con lumbre en los ojos. Extendió una mano airada, indicando el pasillo, y gritó:

—¡Salga usted de esta casa!

El banquero rió sabrosamente, con el mismo sosegado regocijo de quien en su butaca del teatro oye un chiste feliz.

—¡Es curioso!—comentó—. Durante un mes le he dejado visitar a Federica, se ha sentado usted en mi diván, me ha arañado la mesa del comedor para grabar sus iniciales, me ha roto la lámpara de la mesa de noche y el travesaño de una silla, y en nuestro primer encuentro, cuando usted me debía dar rendidamente las gracias, quiere arrojarme de una casa que es mía, porque la pago yo. ¡Juventud, juventud!... En fin, querido, yo le perdono todo esto de buena gana; pero hágame el favor de dejar mi sombrero, en el que ya advierto desde aquí una dolorosa abolladura.

Abelenda, afrentado y lívido, aulló:

—¡Es usted un miserable y ella una mujerzuela sin decoro!... Pero yo me vengaré de los dos.

Arrojó con furia el sombrero contra el aparador, derribando las copas, y se lanzó contra su rival. Acevedo se puso en pie bruscamente y apresó con su fuerte mano la del agresor. Luego, sin abandonar su tono de extremada finura, que la camisa desabrochada y los caídos tirantes subrayaban con fuerza cómica, aconsejó paternalmente:

—Querido joven: ha dado usted sus buenas tres patadas contra la puerta de la alcoba, abolló mi sombrero y hasta me parece que consiguió romper la vajilla. Basta ya. Debe usted estar satisfecho de sí mismo. Por otra parte, como los espectáculos heroicos muy prolongados me impresionan y despiertan mi emulación, le ruego que elija rápidamente entre marcharse por la puerta o salir por la ventana... ¿Me oye?

Le arrastró hasta el pasillo. Su mano era una tenaza sobre la muñeca de Sergio, y tanta era la energía de su presión, que ya en los peldaños, después de cerrada la puerta tras el joven, sintió éste en sus ojos lágrimas de dolor, de dolor físico y de rabia, de humillación y de vencimiento. Lloró en la obscuridad de la escalera. ¡Oh..., si tuviese un arma!... Por el placer de apuñalar el cuerpo de los traidores daría su propio vivir... Frente a la casa juró, con llanto de ira en el rostro:

—¡He de vengarme! ¡He de vengarme!... ¡Habéis de acordaros de mí!...