Anduvo por calles obscuras, para evitar que las gentes advirtiesen su agitación y sus ojos enrojecidos. El ansia rencorosa le dominaba. En aquel momento, más que el abandono de Volvoreta le dolía la burla glacial de Acevedo, su tono de irónica finura, aquella consciencia de superioridad con que le había abrumado. ¡Y aquel sutil rasgo de desdén que le aconsejó presentarse con los tirantes caídos!... ¡Oh, los tirantes caídos del señor Acevedo!... No podría olvidarlos ya nunca, aunque viviese una eternidad, aunque en lo sucesivo todo fuese dicha en su existencia. Comprendía que el recuerdo de los tirantes balanceándose tras las piernas de su rival serían como un fantasma de oprobio perenne en su memoria.

Se detuvo un instante, vacilando, porque se le había ocurrido la idea de esperar al banquero y agredirle. Pero desistió al evocar el tipo alto, fuerte, musculoso, de su burlador. Tuvo de pronto una inspiración luminosa. Casi saltó de alegría al advertirla brotar en él, seguramente urdida por los diablillos de la venganza. ¿No tenía en sus manos el más clamoroso medio de devolver el mal, centuplicado? Haría en El Avance un terrible artículo contando los devaneos del monstruo. Vertería toda su hiel, acumularía en torno del asunto tantos detalles protervos que sería el escándalo de toda la ciudad. Súbitamente se le ofreció el título: Las hazañas de un sátiro. Añadiría otros subepígrafes: Doncella secuestrada.La complicidad de una bruja... Veía ya en su imaginación la primera plana de El Avance con estas líneas en las grandes letras del tipo reservado para lo sensacional. Veía también al banquero arrastrado a la ruina, sin reputación, perseguido por el desprecio de la gente...

Pero se le ocurrió que acaso Rosales no quisiera... Meditó, calculó... Al fin decidióse astutamente a deslizar en la sección de sucesos la noticia de que «un conocido banquero, cuyas iniciales eran J. A., y una joven con la que hacía vida marital, habían promovido un escándalo»... Esto le pareció ya de una habilidad refinada. El pueblo se enteraría lo mismo; la familia de Acevedo también... ¡Su familia!... ¡La vieja beata de los dientes postizos, la niña cursi de los pechos blandos!... ¡A todos ellos debía humillaciones y rencor!

Y... ésta sí que era la más cabal venganza: llevar la guerra a su hogar, referir a la esposa todo lo ocurrido, encender la hoguera de los celos... Era un arma de doble juego, con la que hería de un golpe a dos enemigos. Visitaría a la mujer antes de que el banquero regresase. Espoleado por la maligna idea, corrió, más que anduvo, hacia la casa de su rival. Reía y pronunciaba en alta voz frases conminatorias. Preguntó en la puerta:

—¿Está el señor Acevedo?

No estaba.

—¿Y la señora?

Le invitaron a pasar. Lleváronle al comedor, que ya conocía.

—Haga el favor de esperar un instante.

Esperó en pie, nerviosamente, palpitándole con fuerza el corazón. Vió sobre la albura del mantel la fina vajilla, ya dispuesta, y pensó, lleno de gozo, que quizá aquella noche no se cenaría en la casa.