Oyó pasos en el corredor; volvióse bruscamente. Era Luisa. La joven le dirigió apenas su habitual mirada de indiferencia, fué hacia el costurero, revolvió después en el cajón de una mesita, de espaldas a él. Sergio sentía hervir la sangre; torturaba sus manos, con una amarga sonrisa de victoria. No pudo contenerse. Habló, subrayando todas sus frases.

—No me saluda usted porque me cree el novio de su criada.

Ella se volvió a mirarle, sorprendida, con sus grandes ojos obscuros llenos de altivez, soberbiamente hermosa, más morena la piel del escote en el contraste con la nítida blusa.

El joven sucumbió al deseo de humillar aquella belleza. Agregó:

—Pero se equivoca, señorita; ahora el novio de su criada es su padre de usted.

Luisa se irguió, coloreado bruscamente el rostro. Sergio avanzó hacia ella, implacable, encendidos los ojos:

—¡Su padre de usted!... le ha puesto un cuarto a Federica en la calle del Inferniño, en el número doce...

Luisa gritó, llena de vergüenza y de miedo:

—¡Mamá!

—¡Llámela usted; he venido a decírselo!...