—¡Mamá!...

Ahora se había puesto pálida y su voz tenía un velo de emoción. La señora de Acevedo entró apresuradamente:

—¿Qué ocurre?

Abelenda repitió, enardecido:

—¡Ocurre que su esposo es el amante de su antigua criada; ocurre que la tiene sostenida en la calle del Inferniño, en el doce!... Puede usted ir. ¡Yo lo he dejado allí hace un instante!...

Estaba rojo de cólera; hablaba con voz roncamente contenida, a borbotones, jadeando:

—¡Puede usted ir! ¡Hace un mes! ¡Él la hizo salir de esta casa!... ¡Se han estado burlando de usted y de mí!... ¡Ya lo sabe!

Los ojos aterrados de la mujer iban de su hija a Sergio y de Sergio a su hija.

—¿Qué insolencia es ésa?... ¡Salga usted!...

El joven insistió gritando: